viernes, 20 de enero de 2012

Compañeros de trabajo

Con su ojo y medio el encargado de plancha supervisa  mediante gruñidos la labor de Javier, novato en este oficio pero muy antiguo en el local. Se diría que desde que nació percibe y convive con el grasiento olor de las salchichas, el humo hediondo que despide el beicon al contacto con el hierro caliente y los regaños de Francisco, el parrillero. Es que Javier es propietario, o lo será algún día junto a su hermano Diego que también trabaja en el Mesón.

 Dos empleados, dos hermanos, dos personas totalmente desiguales entre sí, pero que si observamos con atención tienen individualmente rasgos comunes a su padre, Juan Manuel, el jefe. Jefe para todos, nadie se lleva ninguna distinción, los lazos sanguíneos no existen cuando de negocio se trata. Con su amorfo cuerpo de barriga saliente, da órdenes sin cesar  desde su puesto preferido, el taburete frente a la caja registradora. El lugar del dinero, el lugar del poder, que tímidamente ocupan sus hijos  en  raras ocasiones.

Ramón con su lento andar se desplaza  mediocremente por los pasillos del habitáculo, llamémosles, mesón, cafetería, comida rápida.. no importa el nombre, es el mejor entre los comercios gastronómicos de la feria. Ramón no tiene prisa. Nunca. Así estén ardiendo los bocadillos, o esté el barril de cerveza agotado y haya que reponerlo. Para que apurarse, son once años trabajando en el  mismo sitio. Es el cansancio, la resignación, la desidia,  lo que genera en él  ese carácter despreocupado e insulso. Su desproporcionada nariz sobre el arrugado rostro, junto a su baja estatura y sus  grandes orejas  le ha merecido un apodo. El Feo.

Todos lo llaman así, con ese nombre lo conocí yo cuando comencé a trabajar, y no me extrañé, le hace honor al mismo. Pero Ramón bendecido o no por la belleza, posee algo que el resto de sus compañeros  nunca podrá lograr. Ramón es el único al que se le presta la furgoneta, y la razón no es precisamente su cara. Es una cualidad que brilla por su ausencia entre el resto de los empleados. El Feo no bebe alcohol, por no beber no bebe nada, si toma un café al día es noticia de portada en el gráfico mesonero.
El Jefe solo da las llaves al Feo, porque posee la certeza de que es el único conductor capaz de llegar en hora con su personal. Es bien sabido que conduce mal, un desastre en la vía. Adelantos innecesarios, velocidad no permitida, frenazos bruscos.. pero el test de alcoholemia nunca dará positivo.

El viaje matutino desde la caravana a la feria donde se encuentra el Mesón es paradójicamente divertido. La furgoneta es para cinco ocupantes, pero somos siete empleados o sea que vamos siete. Las dos personas que sobran, o mejor dicho los dos asientos que faltan están prefabricados en el guarda bultos trasero. Un hueco diminuto donde con las cabezas casi al ras del suelo para no ser visto por los guardias, viajan diariamente en un trayecto de veinticinco minutos, a los dos que le tocó cara en la moneda. Estamos excluidas del sorteo María y yo. Nuestra condición de mujer nos otorga beneficios  en ciertas ocasiones.

María lleva pocos años, tres si acaso trabajando allí. Es sencillamente encantadora. El mismo despiste en persona,  es incapaz de relatar que sucedió la noche anterior, porque la mezcla de cerveza con  drogas de su andar nocturno, produce amnesia en su cerebro y un gran malestar físico por las mañanas. Al igual que todos nunca falta a trabajar. Dormimos los siete en la caravana. Las noches son raras allí. Yo duermo sola en la caravana hasta que llegan todos los demás. No me puedo quejar, trato de meterme pronto a la cama, tengo un pequeño radio y toda la caravana para mí, hasta que llegan… La una, las dos, a veces las tres de la mañana.

Llegan borrachos. Si alguien está sobrio excepto Ramón claro - que acompaña asiduamente al  resto del grupo y pierde horas de sueño sin ningún motivo aparente - es pura casualidad. No son los ruidos, o el aliento alcohólico, sumado al humo del cigarro que  con sus tatuadas manos, Sergio aún  trae encendido, lo que me despierta. Son las malolientes zapatillas de Diego. Ese es el motivo de la grotesca discusión. El olor es insoportable. Insultos, gritos.. al final lo de todas las noches alguien las coge  y  las tira por la ventana. Pero no es posible tirarle los pies y el mal aroma continúa confundiéndose con el resto de  olores desagradables. Son las cuatro casi, sigo en silencio y casi me duermo con el murmullo que prosigue al alboroto. Mañana será otro día, a las ocho comienza la labor, comienza la función.

(2006)

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