viernes, 20 de enero de 2012

Semejantes

Subiendo las cuesta venía la mula. Con apero y armazón de madera, caminaba lentamente. El tintinear del cencerro colgado  de su cuello anunciaba su llegada por el camino empedrado. No venía sola. Su dueño la acompañaba, guiando sus pasos involuntarios, tirando de sus riendas. El animal tenía buen aspecto. Pelo brillante y lomo tozudo. De barriga ancha y fuertes patas , meneaba la extensa cola sin cesar; en afán de ahuyentar las moscas que le perturbaban. Su crin abundante, caía en diagonal por el ancho cuello. Sus grandes ojos miraban ansiosos el ramillete de hierbas que a escasos metros de distancia el hombre traía en su mano.

José cuidaba más a la mula que a sí mismo. Desprovisto de dientes, con los pantalones raídos, la camisa mal abotonada y agujeros en ambas zapatillas, transportaba su única riqueza  a través de los valles.

La mula. Hermoso animal que lo acompañaba día a día en su tarea. Era pues razón suficiente y necesaria el cuidar lo mejor posible de ella. Su cabello grasiento y despeinado no tenía comparación con el hermoso pelaje del cuadrúpedo.  Sin embargo su hablar sereno, despreocupado y tranquilo era muy similar a la forma en que el animal masticaba – con su dentadura completa – los frescos pastos recién arrancados.

Se diría que en un mismo lenguaje gestual, expresaban su agradecimiento a diferentes intereses. El animal agradecía el buen trato y alimento diario. El hombre agradecía de la mula su existencia.

(2004)

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