Encima de la débil llama de un viejo primus, está el jarrón de esmalte verde. El vapor que de éste se desprende impregna la pequeña habitación de un rico aroma a café.
Pensativo, limpiando con un pañuelo las gafas, está el joven hombre sentado frente a la máquina de escribir que yace sobre una gastada mesa de roble, en la que también se encuentran debidamente ordenados unos cuantos libros, varias carpetas. Y sobre un grueso diccionario, al lado de una lata vacía que sirve de portalápices, abundante en colillas, se encuentra un cenicero humeante.
La papelera está repleta de papeles a medio escribir, es difícil concentrarse en el estudio cuando se ha perdido el trabajo. No era mucho lo que ganaba en la fábrica, es cierto, pero alcanzaba para pagar el alquiler y “comer” todos los días.
Sin apuro el hombre se levanta, apaga el primus y sirve en una taza el café. Se dispone a sentarse cuando oye dos suaves golpes en la puerta; es Jaime el dueño de la pensión que le entrega un sobre.
Carlos agradece, cierra la puerta y se apresura a leer la carta. Sonríe, bebe un sorbo de café y se sienta nuevamente frente a la máquina. Quita la hoja en la que estaba escribiendo y coloca una en blanco, es la contestación a la carta apenas recibida lo que está redactando, ......no te preocupes mamá todo está bien...
(2003)
(2003)
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